Un vehículo militar patrulla este domingo los alrededores de la estación ferroviaria de la ciudad de Lang Song. GETTY IMAGESEra simplemente como una neblina, cuentan. No tenía un olor ni un color especial. Cuando los aviones estadounidenses esparcían la sustancia como agente naranja sobre la jungla para matar la vegetación y privar de camuflaje al Viet Cong, los soldados norvietnamitas no se sentían especialmente amenazados, como recuerda el veterano Nguyen Van Phuc, de 64 años. Pero medio siglo después, y cuando ya las bombas o el napalm son apenas un mal recuerdo, aquel arma química ha resultado ser un veneno de efectos perdurables. Debido a él, “Estados Unidos seguirá matando a vietnamitas durante generaciones”, se lamenta Nguyen, de 64 años, paseando por un centro de acogida para víctimas de ese gas en las afueras de Hanói.
Foto de los soldados Nguyen. MACARENA VIDAL LIYLo que entonces no sabían los soldados vietnamitas —ni los estadounidenses que estuvieron en contacto con el químico— es que uno de los componentes de la mezcla, la dioxina, era una bomba de relojería tóxica.